Enriqueta Quiroz
Instituto Mora
Revista BiCentenario 9

Enriqueta Quiroz
Instituto Mora
Revista BiCentenario 9
Estimado Alberto Andrés:
Gracias por su comentario. Nosotros celebramos el 2010 en el entendido de que, en efecto, el fin del movimiento de Independencia fue 1821, pero que éste se inició, en tanto que proceso de lucha contra el “mal gobierno”, en 1810.
Leer Desde mi sótano de Manuel Olimón me transmitió la reacción de quien siente qué leyes impuestas por el gobierno en turno amenazan sus convicciones más íntimas y está dispuesto a dar la vida para defender su legítima libertad.Me parece que el autor deja en claro que, por debajo del gran “edificio histórico” que forman las decisiones políticas, las frías cifras estadísticas o los escuetos resultados bélicos, se ocultan entrañables experiencias humanas individuales, las que más nos conmueven, que sustentan el devenir y un historiador sensible nos supo comunicar desde el “sótano de la historia”.
~ Ilse Escobar de Salas, San Pedro de los Pinos
Fue en 1812, cuando Ignacio López Rayón, presidente de la Suprema Junta Gubernativa declara, en Huichapan (hoy Hidalgo), que el 16 de septiembre de 1810 debía ser un día “indeleble en la memoria de todo buen ciudadano”, pues entonces se dio en Dolores “un grito repentino de libertad…”
Luis Valdez, hoy considerado el padre del teatro chicano,
en 1940–, la tradición y la espiritualidad mexicanas así
los seis años. Sin embargo, se las arregló para estudiar y é
insurrección que, si algo puede
María del Carmen Collado
Instituto Mora
Presentamos un número especial dedicado a la conmemoración de la Independencia. No se trata de celebrar sin más los acontecimientos y los héroes, sino de recordar lo sucedido de manera crítica, de conocer de qué manera los grandes episodios de la historia alteraron la vida de todos los mexicanos. Queremos acercarnos a la historia de un país dividido entre realistas e insurgentes, nacientes ciudadanos criollos y mestizos y grupos indígenas segregados, entre unos cuantos acaudalados y una ingente cantidad de pobres,
una desigualdad tan grande que sorprendió a Alejandro de Humboldt cuando visitó la Nueva España en 1803.
Abordamos aquí la historia de la vida cotidiana, la guerra, las celebraciones, los símbolos construidos para recrear a la patria, los testimonios de la gente común sobre la gesta insurgente. Se trata de una exploración sobre temas novedosos, alejados de los estereotipos de la historia. Dos artículos se refieren a la transición entre el régimen colonial y el independiente. Uno aborda el tema de la censura a la indumentaria y el peinado a la francesa y otro nos habla de lo que comían los diferentes grupos sociales en las postrimerías del virreinato, de cómo la guerra insurgente trastocó los hábitos alimenticios de los capitalinos.

Otros dos artículos más nos hablan de procesos derivados de la guerra de Independencia: la construcción de armas y el auge del bandolerismo. En el primero se da cuenta de las dificultades encaradas por los caudillos insurgentes para hacerse de cañones, municiones y explosivos y de cómo se las ingeniaron para erigir maestranzas, conquistando técnicas celosamente guardadas por las autoridades españolas. El segundo analiza cómo, a la par que se libraban las batallas por la Independencia, aumentó el bandolerismo.
Tenemos cinco textos sobre la forma en que se celebró la Independencia en 1910. En uno, la autora nos habla de los arcos triunfales, esas construcciones efímeras, hoy en desuso, que se instalaban en ocasión de las ceremonias y recepciones a nuevos gobernantes. Dos escritos se centran en las fiestas porfirianas de 1910. Uno describe la festividad de la apoteosis, en la que se construyó un catafalco para depositar las cenizas de los héroes de la Independencia en Palacio Nacional. Otro nos refiere a las fiestas del Centenario
en Orizaba (asiento de las industrias textil y cervecera mexicanas, las más desarrolladas de la época). Un cuarto artículo nos cuenta cómo una festividad tan impulsada por Porfirio Díaz fue utilizada por los presos comunes y el grupo rebelde magonista para pedir al anciano dictador la condonación de las penas carcelarias. Cierra este conjunto el análisis de un emblemático monumento, la Columna de la Independencia, “el Ángel”, que en realidad es una victoria alada, la diosa que personifica el triunfo en la mitología romana. Como remate, no podían faltar imágenes sobre los cientos de recuerdos que se produjeron a propósito de las galas organizadas por Díaz. En la sección Desde hoy se reflexiona sobre las conmemoraciones del Bicentenario y se nos invita a repensar en el significado de nuestra Independencia. Por su parte, Desde ayer nos presenta dos visiones contrastantes sobre la batalla de Aculco, una de un insurgente, antiguo empleado de Ignacio Allende, y otra de un notable médico capitalino, favorable a la causa realista. El cuento imagina los recuerdos de un polémico hombre público del siglo XIX, en tanto que cierra este número el testimonio de Epigmenio González, un casi desconocido participante de la conjura de Querétaro en 1810.
Ponemos a su consideración esta edición de BiCentenario, una mirada plural que reúne distintas formas de rememorar los acontecimientos, alejadas de la historia de bronce, de esa historia oficial que construye biografías de los “grandes hombres” a la medida de sus proyectos políticos.
Los invitamos atentamente a que conozcan nuestro nuevo canal de videos, donde estaremos subiendo y compartiendo información excepcional, por lo que también los invitamos a colaborar mandando sugerencias.
El canal está en: http://www.youtube.com/user/revistabicentenario
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A continuación, los invitamos a disfrutar de una grabación donde el Presidente mexicano Porfirio Díaz Mori agradece a Thomas Alva Edison sus aportes a la historia de la raza humana.
Mensaje del Presidente Díaz a Edison
Este mensaje nos da la maravillosa oportunidad de conocer la voz de Díaz en una carta que dirige y lee a Edison, en la cual le recuerda cuando se conocieron y, haciéndose llamar su amigo “que estrecha su mano”, el Presidente Díaz agradece sus inventos y aportes a la humanidad.
La Revista BiCentenario se encuentra a la venta en las siguientes librerías en la Ciudad de México:
Con el pretexto del Bicentenario del inicio de la lucha de Independencia y el Centenario del inicio de la Revolución de 1910, se preparan festejos y faramallas bajo los dictados (de dictador) del historiador neoliberal y moderno José Manuel Villalpando, empeñado en ser el impulsor de la neohistoria nacional, para reinterpretar la Historia de México.
Por fortuna, ante tales barbaries mal copiadas a la novela “1984″ de George Orwell, existen instituciones formales, como el Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, que de entrada, amén de otros proyectos, crea y publica la revista trimestral BiCentenario. El Ayer y Hoy de México. 1810-1910-2010. Son ya ocho números de esta asombrosa revista en donde, a base de artículos y literatura, nos recuerda los instantes, los actos y hazañas de los hombres y mujeres que actuaron, guiaron y sufrieron los dos movimientos festejados en este año.
Los temas son tratados con una seriedad carente en el coordinador ejecutivo nacional para las Conmemoraciones de 2010, José Manuel Villalpando (entre mayor es el título, menor es la consistencia,) que lleva los afanes de neohistoriador al proyecto de pasear por la Ciudad de México los restos de los Insurgentes, depositados en la Columna de la Diosa Niké (Ángel de la Independencia en el decir popular), para llevaros al Palacio Nacional, que según la voz presidencial transformarán el histórico edificio en un museo. Quizá don Felipe de Jesús no conoce el Recinto al presidente Benito Juárez, ni los murales de Diego Rivera, exposiciones muy visitadas por nacionales y extranjeros. Por lo tanto museos vivos. Lo mejor es dejarlos en la Columna de la Independencia, en donde los depositaron en el Porfiriato, durante las fiestas del Centenario de 1910. Otra torpeza es someterlos a estudios de ADN, seguro hay descendientes para cotejarlos y que caso tiene esa confirmación, olvidan que es un símbolo, no una muestra. No creo que ni en España encuentren genes de Javier Mina o de Guadalupe Victoria.
El número ocho BiCentenario. El Ayer y el Hoy de México lleva a los lectores a la poesía y guerra en Querétaro entre los años 1808 y 1810, en un artículo de José Martín Hurtado, con ello a las contradicciones de apoyar a Fernando VII, derrocado por Napoleón y al mismo tiempo de los grupos que pretendían la Independencia mexicana del reino español. A los primeros se unió Hidalgo y otros conspiradores.
Asombra un cuento de Arturo Sigüenza sobre la inauguración del manicomio de La Castañeda, en donde la magia literaria nos muestra las fugas y juegos mentales de los locos ante la corte de Porfirio Díaz, su gabinete y notables que acuden a la celebración. Esa casa de la locura fue una de las muchas inauguraciones de las fiestas del Centenario de 1910. El bombo y platillo que anunció el derrumbe de un régimen dictatorial con el arranque, un mes y días después de la lucha de la Revolución, el tercer movimiento independentista, el otro es la gesta del juarismo y la lucha en contra del efímero reino del imperio francés de Maximiliano.
Dos temas abordados en este ejemplar, el primero por Josefina Moguel Flores en el artículo “Almazán y el corazón de Aquiles Serdán. La fuerza de un símbolo” y el imperio de Maximiliano en un hermoso y asombroso reportaje, narración e investigación biográfica por Cecilia Alfaro Gómez en “La historia de Pepita Aguilar, una dama de Palacio”, en donde se exhibe la soberbia y abusiva estulticia de la emperatriz Carlota, para ofender y maltratar a las damas de la corte a su servicio.
Muy recomendable es el trabajo de Carlos Domínguez, investigador del Instituto Mora, sobre el perenne problema del agua para los habitantes del Valle de México, desde las tribus náhuatlecas y los mexicas con la Gran Tenochtitlán, luego la Nueva España y la Ciudad de México, hasta llegar al Distrito Federal en el siglo XXI. Cuando no es en exceso, es la escasez del agua, en lo que fue una cuenca lacustre ahora es una ciudad contaminada, sin agua, que se inunda y desperdicia el líquido.
Y sobre hace unas décadas, Leonides Afendufulis entrega una crónica sobre el concierto en el antiguo Auditorio Nacional en noviembre de 1975 del grupo Chicago y su mezcla de rock y música disco, inicio del concepto plástico musical que deriva en la decadencia actual.
La coordinadora editorial de BiCentenario. El Ayer y el Hoy de México es la historiadora Ana Rosa Suárez Arguello. Esta revista se consigue en la Fundación Luis Mora y en librerías de prestigio. Es, sin duda, una de las mejores publicaciones sobre las fiestas del Bicentenario, en contraste de la superficialidad de caricaturizar a los héroes independentistas y revolucionarios ante los estudiantes de primaria y secundaría.
Para ver el artículo original: http://www.oem.com.mx/elsoldemexico/notas/s143.htm
La esplendente construcción albergaba ya a sus nuevos huéspedes, y se otorgaba un festín para recibir al distinguido séquito que encabezaba el presidente de la república, formado por embajadores y cónsules, destacados empresarios y alta burguesía. La banda de música de viento, perfectamente uniformada, complacía a los invitados allí reunidos para conmemorar la inauguración de aquella arquitectura de corte francés, como una muestra de la abundancia económica que seguía pregonando el gobierno a pesar de la inconformidad política interna y el creciente descontento entre la plebe. El ingeniero encargado de la obra, hijo del primer mandatario y con el mismo nombre de pila, buscaba su mejor ángulo ante los fotógrafos que se abrían paso entre los opulentos vestidos de las mujeres emperifolladas ávidas del brindis con champán que ya estaba siendo descorchado.
Desde uno de los ventanales, dos personas contemplaban la congregación en el campo de castaños que rodeaba el vasto edificio.
—Así que por fin cumplió su promesa, mi preciado amigo…
—Se lo dije, baronesa, ¿dudó acaso en algún momento de mi palabra?
— ¡Oh!, de ninguna manera, sólo que después de dos años de espera… —dijo agitando más rápido su abanico— cualquiera puede sospechar de una tomadura de pelo.
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Es preciso confesar que el espectáculo […] ofrece todo lo que hay de más prodigioso en la fuerza, en la destreza, en la paciencia y en la habilidad del hombre. Animales que casi hablan, hombres que casi vuelan, mujeres que… Pero dejémoslo; es necesario verlo para tener alguna idea de lo que son aquellas cosas que parecen sueños fantásticos.
Esto lo afirmó un periodista de La Razón de México a fines de 1864. ¿El motivo? El éxito de las funciones ofrecidas por uno de los primeros circos que visitaron México.
Nuestro país ha gozado, desde el siglo XVI, de gran variedad de distracciones para llenar los ratos de ocio de sus habitantes. Ir al circo tuvo gran popularidad. ¿Cómo comenzó este extraordinario espectáculo y cómo ha seguido hasta la fecha?
Sabemos que los primeros actos circenses llegaron de España y no fue sino siglos después cuando se dejó sentir la influencia europea y de Estados Unidos. La maroma, expresión artística formada por artistas errantes que exhibían sus habilidades en patios de vecindad, pero también en plazas públicas y de toros, incluía en una función a un funámbulo (alambrista), un malabarista, contorsionista o saltador (acróbata), un animal exótico, un gracioso (payaso) y suertes. Era, por así decirlo, el “circo del pobre”. Perduró hasta el siglo XIX, coexistiendo con el circo moderno, que llegó a nuestro país en 1808, con el Real Circo de Equitación del inglés Philip Lailson: los ejercicios acrobáticos sobre caballos dentro de un redondel de madera se pueden ver hasta hoy.
Realizada la independencia y rotas las limitaciones novohispanas, una gran cantidad de artistas de diversas nacionalidades llegaron a México, entre otros muchos que hacían gala de habilidades circenses: contorsionistas, acróbatas, prestidigitadores, hombres fuertes y quienes actuaban con animales o hacían ascensiones aerostáticas. Vinieron otras compañías ecuestres, como la de Charles Green de Estados Unidos en 1831, el primero que montó una pantomima dentro del espectáculo en México. Circos de la misma nacionalidad trajeron las primeras carpas, que en esa época se llamaron “gigantescas tiendas de campaña”.
El primer circo mexicano nació en 1841; fue el Circo Olímpico de José Soledad Aycardo, cuyo entusiasmo alegró el ocio de muchos por más de 25 años. Sin embargo, el gusto mexicano por este espectáculo fue realmente impulsado por el arribo de circos y artistas extranjeros que aportaron el oficio y las novedades que guiarían a las empresas nacionales.
El circo inició una etapa de evolución importante desde 1864, con el circo del italiano Giuseppe Chiarini, quien introdujo novedades artísticas de Europa y Estados Unidos, fue el primero en tener un circo-teatro fijo alumbrado con gas, incluyó montajes que causaron revuelo, como el baile del can can, así como otros adelantos que lo tornaron un favorito de la sociedad.
Tiempo después, en 1881, llegó para quedarse el espectáculo de los hermanos Orrin, estadounidenses de fama internacional. Ellos fueron los segundos en construir un circo-teatro fijo y los primeros en usar alumbrado eléctrico. Iniciaron los actos en barras y rescataron las pantomimas, aunque con escenografías de gran lujo. Trataban de estar al día y no dudaron en recurrir el cinematógrafo cuando llegó a México. Solían realizar funciones de beneficio, lo que les dio renombre. El muy querido payaso Ricardo Bell surgió a la fama en esta compañía.
La pax porfiriana favorecería, pues, el desarrollo de la actividad circense. En este lapso surgieron familias circenses dedicadas al espectáculo hasta el día de hoy. Además llegaron muchos circos de Estados Unidos, con un concepto nuevo del espectáculo, pues exhibían animales salvajes, organizaban desfiles de hermosos carromatos y tenían órganos con silbato de vapor. No permanecieron en la capital, sino que las nuevas líneas de ferrocarril y el desarrollo de la navegación a vapor permitieron a sus artistas y haberes recorrer diversas poblaciones con facilidad.
El inicio de la revolución mexicana suspendió el arribo de circos extranjeros, lo cual ayudó a las empresas nacionales a crecer en grande, hasta al amparo de las balas rebeldes, como sucedió con la Beas Modelo, la “más grande todos los tiempos”, apoyada por Francisco Villa. Este circo empleó el modelo estadounidense de tres pistas, las carpas de exhibición y los juegos mecánicos (como la montaña rusa) y dispuso de un zoológico surtido y cuantioso. En él trabajaron varias familias, algunas reconocidas en el medio, otras que, con el tiempo, se convirtieron en empresarias.
Tenemos entonces que, en el curso del siglo XX, siguieron las familias porfirianas en el circo, de modo que ya tienen varias generaciones en él así como artistas de fama internacional.
Se pueden mencionar, entre ellas, a los Atayde, quienes emplearon las primeras carpas de lona con mástiles, dando forma de cúpula a la parte superior, el ballet aéreo y los desplazamientos con toda la compañía; y a los Suárez, cuyas pantomimas se representaron como sketches cómicos de larga duración y que hoy ofrecen el único acto de osos polares en el mundo. Otros posteriores, pero ya con tradición larga, es el de los Vázquez, que más tarde recrearon temas de cine en sus funciones, o el de los Fuentes Gasca, ahora dueños de todo un emporio circense.
Las producciones han seguido, por lo general, y aún siguen, la tradición europea, aun cuando han aceptado las nuevas tecnologías. Fue el caso, en la década de 1970, de las carpas de polivinílico antiinflamable con alma de acero, las tribunas y el moderno alumbrado exterior. Asimismo, cada familia ha aportado algo propio al arte del circo nacional, al punto de convertirlo en el predilecto de buena parte de América Latina.